El artista joven y la paradoja actual de la gráfica
Jan Hendrix

En la actualidad, el reto de un artista joven ya no es enfrentarse al espacio en blanco, sino al proyecto vacío, a la serie de trámites por hacer; el problema parece ser sólo conceptual, el miedo es al pensamiento en blanco.

En lugar de en talleres, los artistas actuales se mueven desde oficinas de proyectos y el papeleo y la búsqueda de patrocinios es lo que ocupa la mayor parte de sus días.

Si bien ese proyecto de vida no cumple con el ideal del artista como sujeto autónomo y libre, tampoco es defendible el perfil completamente opuesto del artista ortodoxo, quien tampoco está haciendo frente a los planteamientos de tiempo y espacio que imponen la ciencia, la tecnología y los nuevos parámetros socioeconómicos y políticos de la realidad.

En este sentido, la gráfica es una de las técnicas que ha servido de asilo perfecto a muchos de estos artistas, debido a la necesidad y el cultivo exacerbado de destreza técnica y académica para encubrir la cobardía de hacerle frente al imperativo de construir una nueva identidad del sujeto artístico en la era de la globalización y la electrónica.

El artista que se define como grabador muchas veces está inserto en la contradicción de disponer de herramientas nuevas pero con una actitud que sólo le permite hacer uso de las herramientas tradicionales y las técnicas más antiguas de la gráfica. Cabe destacar que la gráfica ha sufrido cambios sustanciales en sus herramientas a un ritmo bastante discontinuo.

Por un lado, la más reciente innovación de las técnicas consideradas como tradicionales — la litografía— aparece en el siglo xviii, ya que la serigrafía es una técnica china en sus orígenes y que surge mucho tiempo atrás.

Por lo tanto, de esta aportación del siglo xviii hay un salto de 200 sin aportaciones sustanciales hasta casi el siglo xxi,  cuando se implementan tecnologías con posibilidades inusitadas en la reproducción de imágenes en cuanto a velocidad, formato, materiales y capacidad de interacción con otros géneros antes muy distantes de la gráfica propiamente dicha.

Por ejemplo, en la pintura también ha habido innovaciones, pero los elementos fundamentales sólo han aumentado en variedad o grado aunque no han modificado el modo de concebir el oficio, mientras que, en la gráfica, las posibilidades tecnológicas modifican el quehacer desde su esencia, cuestionando desde cómo y dónde se produce, sobre qué soportes y de qué manera se exhibe, y dónde, cómo y de qué manera se consume.

La disyuntiva genera una condición casi esquizoide en la que muchas veces, en lugar de tratar de adaptar un saber tradicional a una práctica contemporánea, se prefiere continuar negando la problemática y refugiarse en el preciosismo y la destreza del manejo del oficio ortodoxo.

Por otro lado, la fotografía se distanció de la gráfica y no siguió sus reglas, siendo así un ejemplo de una técnica que ha hecho frente de manera admirable al reto de ir encontrando su lugar en los lenguajes artísticos, tanto frente a su propia historia como frente a los demás géneros del arte. Por ello, actualmente ocupa un campo simbólico en el territorio de las artes visuales, mucho mayor de lo que se imaginó en un inicio, pues supo articularse y abrirse no sólo hacia los medios más actuales como el video o lo electrónico, sino también y sobre todo, hacia las técnicas más tradicionales como la pintura, enriqueciendo así su propio desarrollo y la reflexión integral sobre el arte y la historia de lo pictórico.

Al respecto, cabe señalar que la serigrafía provocó el breve renacimiento de una gráfica en pleno siglo xix, produciendo un concepto mucho más fresco e innovador impulsado principalmente por los artistas del pop norteamericano y por talleres e impresores del mismo país, que terminó colapsándose por la imposibilidad de incorporar la libertad de lo múltiple en términos comerciales después de sólo veinte años de experimentación.

Tan sólo queda volver a plantear la pregunta acerca de la utilidad o inutilidad de los métodos tradicionales frente a las condiciones que imponen los procesos culturales y de comunicación en la actualidad, así como el cuestionamiento acerca  de la posibilidad y el sentido que tiene incorporar, y en qué medida, esa nueva caja de herramientas innovadoras que tenemos a nuestra disposición.

Como dijera Marshall McLuhan, el medio es el mensaje. Y lo importante es saber cuál es el mensaje, nuestro mensaje, si existe, y qué está aportando a las preguntas fundamentales que se plantea el hombre contemporáneo, para de esta manera poder contestarnos cuál es el medio pertinente, y si lo original o lo múltiple es parte de su definición.

Otro ejemplo significativo es el de la cerámica, pues en esa técnica, como en la gráfica, otro cuestionamiento que se ha repetido hasta el cansancio es lo utilitario del objeto y su característica relacionada con lo puramente decorativo y comercial o con la alta cultura.
No obstante, desde el Bauhaus o el Pop esas preguntas fueron rebasadas totalmente.

Creo que cabe la invitación a buscar la sujeción de la técnica a una idea y no al revés. El placer de grabar es el peor enemigo de un análisis profundo acerca del concepto al que se quiere llegar por medio de esta técnica. Para muchos grabadores, parecería que el soporte o la tinta son más importantes que el contenido de la pieza. Mi voto es por un uso preciso de la o las herramientas seleccionadas, de un proceso abierto y profundo de selección de las mismas.

En un ambiente más relacionado con la experimentación, el artista tiene que abrirse al intento de articular y tejer nuevas urdimbres con otras herramientas y lenguajes contemporáneos, pues sólo así la gráfica podrá ser una opción tanto o más contemporánea que los medios más actuales de los que dispone el artista. Únicamente de esta manera la gráfica tradicional saldrá del autoexilio al que se ha arrojado durante las últimas décadas en este país.

Diariamente me sorprendo de la infinidad de vías inexploradas en este tan antiguo y tan nuevo oficio, donde lo interesante radica en que es más largo el camino por recorrer que el que se ha andado. Con ello me refiero no solamente a la búsqueda de innovaciones técnicas o al intento de mezclar lo antiguo con lo más reciente sino a un cambio integral de actitud frente a la práctica de lo múltiple, a la simple pero profunda reflexión acerca del ritmo, del tiempo y el espacio actuales, a la posibilidad de entablar nuevas relaciones entre todos los elementos de un quehacer que ahora puede involucrar tantos materiales, técnicas y lenguajes como necesiten sus ideas.

No obstante, la dificultad inicia en la academia. Me pregunto cómo es posible que las escuelas de arte, no sólo en México sino en muchos otros países, sigan encerradas en métodos ortodoxos, siendo que las formas de reproducción de imágenes se han extendido tecnológicamente hasta ocupar espacios en los ámbitos más cotidianos de nuestra vida. El uso de la computadora y la digitalización en la gráfica se nos propone para empezar una reflexión muy pronta y compleja acerca de las aproximaciones más pertinentes con las herramientas del mundo contemporáneo.

Buscar un territorio sobreprotector y evasivo de la realidad en la academia vuelve anacrónica la educación del arte y produce confusión y atrofia en las nuevas generaciones de artistas gráficos. Tal actitud esclerótica de la academia limita incursionar técnicamente en el quehacer artístico y pone un cerco al modo de reflexionar la realidad misma, ya que los artistas salen preparados para que la técnica, y no la realidad, sea su preocupación fundamental. Si el único ejemplo sigue siendo Goya y no artistas como Sigmar Polke o William Kendridge, por ejemplo, no hay una real apertura a otras formas de reflexionar los medios y los contenidos en el espacio y el tiempo actuales.

Esta enseñanza anquilosada también genera una segregación involuntaria de un gremio que injustificadamente se va alejando de las discusiones actuales del arte contemporáneo al que sólo le proponen, en última instancia, un ejercicio casi medieval del arte.

Los pequeños monstruos resultado de esa enseñanza (la secta secreta del buril y la punta seca) no saben qué hacer con un oficio y con la preocupación de no poder articularse a los lenguajes utilizados por sus colegas que trabajan con infinidad de materiales y medios, a quienes ven demasiado distanciados de la gráfica, cuando nada está ni cerca ni lejos de una técnica per se. Apoyados por una educación cerrada y extremadamente angosta, y por un profesorado que no va más allá de una gráfica destejida de la realidad actual, los días se llenan de discusiones acerca de engranes, planchas, ácidos y la viscosidad de la tinta.

No hacer frente al reto de incorporar nuevas y particulares estrategias para abordar las nuevas tecnologías, sin negar la historia de la gráfica académica, es muy grave para la educación de un artista, pues al terminar su escolaridad queda abandonado al vacío de un oficio desarticulado del circuito de los demás artistas y, en el mejor de los casos, a la difícil decisión de reeducar y replantear todo lo que mejor sabe hacer para reaprender a pensar y reflexionar por sí mismo, frente a las infinitas posibilidades del lenguaje del arte en la actualidad.

Digo lo anterior con la salvedad que implica el que actualmente me encuentro resolviendo una pieza donde el rojo más intenso y profundo que buscaba sólo puede lograrse a través del saber más tradicional y antiguo de la gráfica, ya que después de intentar encontrarlo por medios digitales y computarizados, la aquatinta fue la única solución.